17.1.10

Por un camino cualquiera

A lo largo de la vida no hacemos otra cosa que no sea andar. Andamos por largas praderas, por empinadas montañas o por valles húmedos y sombríos. Pero jamás paramos de andar, solo dejamos de andar al morir.
Los caminos por los que nos lleva la vida son de lo más variopinto y siempre parece que estemos rodeados de una niebla espesa que no nos deja ver más allá de nuestros propios pasos. Solo podemos ver por donde estamos andando en el mismo instante en el que estamos y debemos fiarnos de nuestros recuerdos para acordarnos de lo andado.
Es un camino muy largo y tremendamente duro, con los más bellos paisajes que jamás encontraremos, pero sin ser capaces de ver por donde nos llevan nuestros pasos. Cuando el paisaje es de nuestro agrado y estamos entretenidos, o gozamos de la compañía ajena todo se nos hace más llevadero. Es en los momentos en los que nos sentimos solos y asustados cuando las fuerzas nos flaquean, creemos que no vamos a ser capaces de seguir andando y esperamos que el camino acabe pronto. Pero esto no es cierto ni justo, las fuerzas nunca se van, siempre somos capaces de seguir un poco más, porque aunque no podamos ver el camino siempre existe la esperanza de encontrar un lugar apacible tras el siguiente recodo. Tenemos fuerzas en nuestro interior que desconocemos, no como esos espíritus que habitan en las casas antiguas, más bien como algo que nunca deja de pertenecernos pero que solo en contadas ocasiones somos capaces de ver. Todas las personas lo tienen y la mayoría de ellas lo olvida cuando no lo necesita, porque contemplando el paisaje perdemos la perspectiva sobre nosotros mismos. Es de lo poco que jamás nos abandona y que siempre nos protege. Esa fuerza nos convierte en dioses, consigue sacar de nosotros fuerzas de donde no las haya y luz cuando la noche es más oscura.
La próxima vez que pienses que ya no puedes más, cuando creas que no tiene sentido o que lo único que quieres es volver a ese prado tranquilo que solo hace dos días estabas recorriendo, simplemente créete fuerte, siéntete poderoso y confía en que la vida está plagada de esas praderas apacibles. Los lugares oscuros no duran mucho y siempre nos enseñan a apreciar los buenos paisajes. Sin oscuridad no habría luz, y por otro lado nunca la oscuridad es completa, siempre hay un pequeño rescoldo que nos ilumina aunque no sea capaz de guiarnos. Porque nosotros mismos ya somos una guía suficientemente poderosa. Porque no sabemos por qué paisajes nos llevará el camino que hemos elegido, pero si sabemos a donde queremos ir, sabemos que es lo que esperamos del él. Deberíamos confiar más en nuestras propias elecciones, no es justo flaquear tanto en los momentos en los que las cosas se nos tuercen. Porque no todo puede ser bueno, porque no todo debería ser bueno. No soy más realista por ver lo malo hasta en los mejores momentos, en todo caso debería considerarme más idealista por pretender aprender hasta de los buenos momentos, porque se puede ser feliz y aprender de las experiencias negativas. Hay que apreciar la vida en sí misma, principalmente porque no hay otra, pero también porque no es tan mala como nos la pintan.
Hasta la lluvia se puede conseguir si en un momento dado se necesita de ella. Somos seres muy poderosos que no conocemos nuestras limitaciones, para bien o para mal nuestras capacidades son algo que tenemos que ir probándonos a nosotros mismos, quizás para eso sirvan todos esos momentos oscuros y fríos. Todo tiene un propósito que nos hace mejorar como personas, solo que a veces en vez de centrarnos en ese propósito lo utilizamos como excusa para cansarnos demasiado o para respaldar acciones que no tienen propósito alguno más que el puro detrimento de las condiciones personales.
Es por eso que todos deberíamos considerarnos buenas personas siempre que no nos salgamos de ese camino que nosotros mismos escogimos una vez y que elegimos en cada instante de nuestra vida. Teniendo en cuenta que habrá momentos de flaqueza, y que ésta no es mala, es simplemente una parte de un todo. Además entender que tenemos mucho más dentro de nosotros de lo que nuestro cuerpo pueda albergar, fuerzas que nos sujetan piadosamente cuando parece que estamos a punto de derrumbarnos, que nos abrazan cuando tenemos ganas de llorar y que nos cubren de la lluvia si esta se hace insoportable sobre nuestros hombros.
No tengas miedo a caminar, nunca te rindas y ve siempre por un camino que te haga sentir feliz.

2.1.10

La Plusvalía

Nunca llegamos a imaginar lo caras que nos pueden llegar a salir las cosas. Siempre creemos que todo tiene un coste determinado ya sea en dinero o en esfuerzo. Pero muchas veces ese coste se ve multiplicado enormemente con forme va pasando el tiempo. Porque algo que no perdonemos en un momento determinado nos puede costar muy caro cuando seamos nosotros los que tengamos que solicitar perdón. Porque si por un capricho personal tenemos a bien no olvidar un hecho involuntario que no pudimos entender, no debemos extrañarnos cuando los demás no entiendan ni el egoísmo despótico ni el que ignoremos esfuerzos tan inhumanos como levantar montañas o vomitar ríos de sangre. Y hay quien lo llamará venganza, pero habrá quien lo llame justicia. Porque si bien es cierto que hay que perdonar las cosas como nosotros queremos que nos las perdonen, ni eso incluye el imposible hecho de olvidar ni podemos aplicarnos un cuento que después no estamos dispuestos a contar.
Hay quienes dicen que en los momentos de enfermedad más vulnerables somos y más debemos ser atendidos, añaden que no se debe aprovechar estos momentos para causar más herida o para sacar beneficio, sea del tipo que sea, así como ventaja personal. Si después de esto ni siquiera somos capaces de reconocer la herida mortal infringida sin la más mínima consideración hacia nuestro semejante, entonces es que no merecemos ni más ni menos que aquello que nosotros mismos vamos entregando a los demás. Porque no hay más ciego que el que no quiere ver, ni egoísta más grande que el que jamás reconsidera la culpa en sus acciones y las bondades de los demás en situaciones similares.
A toda esa gente no les pretendo castigo ni mal, porque en la adversidad de aprende, y aún así en ella estos solo ven ofensa y escarnio. Tampoco les pretendo visión y profundidad, porque solo serviría para que la visión distorsionada de sus mentes se amplifiquen y cobren fuerza para devolvernos un mal mayor que el anteriormente propiciado. Mi pretensión es mucho más sencilla, les pretendo una vida plana, sin altibajos, sin preocupaciones. Sin malos momentos pero sin aquellos maravillosos en la vida. No les corresponde recibir mal a aquellos que no saben dar bien, más bien le corresponde la nada, la inexistencia de emoción alguna despertada en los demás que no nazca del egoísmo, no el ajeno sino el suyo propio. Porque el mal engendra mal y una conducta como la aquí relatada solo nos augura una vida plagada de gente como nosotros, que en este caso no es decir mucho sino todo. Además espero que no tengan que esperar mucho por ello, pues no son gente dada al esfuerzo ni la superación personal, como último favor recalcaría la voluntad de que obtengan todo aquello que piden a voces de la manera más rápida y directa posible. Pues al fin y al cabo todos deberíamos tener aquello que tanto deseamos.
Y no hay más. Solo retribución justa y merecida.

28.12.09

Porque las cosas no se acaban, las cosas las terminamos.

El título ya es de por sí bastante aclaratorio pero quizás sea mejor expandir un poco el concepto en dos vertientes. Por un lado hay cosas que simplemente asumimos que tienen una duración limitada y en algún momento llega a su fin. Por otro, están las cosas que aún siendo igualmente limitadas, pues en el fondo todo lo es, solo asumimos que se pueden acabar cuando al fin lo hacen. Quizás esta forma de ver las cosas se deba al pensamiento irracional más peligroso que todos, que nos hace creer que las cosas tienen siempre una solución perfecta, que al encontrarla se vuelven totalmente buenas y como a nosotros nos gustaría. Esto es una gran mentira orquestada por nuestro propio cerebro. La gente es como es, a veces ni siquiera se puede medir en términos de bueno o malo, simplemente importa la compatibilidad con nosotros mismos. Así alguien compatible con nuestra forma de pensar lo veremos como bueno y alguien más reacio a seguir una línea de pensamiento que se adecue a la nuestra será visto como alguien no tan bueno.
Igual que pasa con las personas pasa con lo demás. Hay que asumir que hay cosas que nos encantan, que nosotros creemos que nos harían la persona más feliz del mundo y que aún así no están hechas para nosotros. Puede que ni siquiera haya un motivo concreto, puede que escape a nuestra inteligente o que simplemente sea porque sí. Pero así es la vida, algo injusto y despiadado que nos pisa más de lo que nos levanta, por el simple hecho de que no somos más que hormigas en un mundo gigantesco, sin favoritos y sin justicia alguna más allá del azar y la probabilidad.
Y aún así hay quien se aferra, prácticamente todos, a aquello que nos quema las manos al ser sujetado, a esas cosas que nos duelen más de las alegrías que nos reportan, y que aún así seguimos persiguiendo.
Supongo que esto es debido a que no tenemos mucha costumbre a la hora de sopesar. Porque hay cosas que con un simple vistazo atrás somos capaces de valorar y entender si nos convienen o no. Es la fe ciega la que nos empuja a objetivos inalcanzables o a metas que nos procuran más esfuerzo que beneficio.
En este punto aquellos que guarden en su interior el ideal romántico de la lucha eterna renegarán indignados alegando que hay cosas que siempre merecen la pena y que pase lo que pase y pese lo que pese tienen que ser alcanzadas por la propia supervivencia de la persona. A todos aquellos que piensen así solo decir que cuanta más larga y ardua la tarea, más revisión y análisis en busca de un desnivel negativo. No porque no este tipo de cosas merezcan menos la pena, sino porque cuanto más intenso sea el esfuerzo, más probabilidades habrá de que ese desnivel negativo sobrevenga sin previo aviso.
En el fondo hay una razón bastante buena por la que nos agarramos a estos clavos ardiendo, no es más que la imposibilidad de darnos por vencidos sin recuperar nuestra inversión. La falta de juicio a la hora de dejar de lado el pasado y prepararnos para el futuro.
Sé que suena bastante derrotista, pero lo cierto es que en muchos de estos casos nosotros mismos vamos terminando las cosas mucho antes de que siquiera sepamos que las queremos terminar. No con una actitud determinante, pero sí descuidando mucho nuestra atención y dedicación a esa cosa. En realidad somos más inteligentes de lo que nosotros mismos podemos ver, porque siempre que tengamos ese citado desnivel negativo, iremos abandonando y terminando aquellas empresas que no nos merezcan la pena. De aquí se extraen dos conclusiones, la primera es que es muy cínico lamentarnos de aquello que acaba o de ciertas situaciones cuando nosotros mismos hemos propiciado ese declive, la segunda es que puede que las cosas se acaben por un motivo ajeno, pero siempre podemos cambiar las cosas en la medida de nuestras posibilidades. Cuando algo se acaba y lo vemos de lejos, en vez de estar tirando hacia arriba para que no se hunda es porque o bien no nos interesa, o bien no hemos sabido luchar por ello.
En cualquiera de los dos casos, esto solo pronostica una escalada de derrotas personales puesto que fallamos en dos cosas muy importantes, valorar si las cosas nos compensan o no y luchar por aquello que si nos merezca la pena. Todo lo que se mueva entre esos dos mundos pero sin entrar en ninguno nos puede llevar a equivocaciones y a derrotas personales quizás más habituales de lo que fuera deseable.

23.12.09

Las estrellas solo brillan cuando las demás luces se apagan

La vida está llena de ironías y quizás las peores sean las que afectan a las cosas buenas que tenemos. “Las estrellas son luces que brillan sobre nuestras cabezas, nosotras no las vemos, las hormigas comentan”. Nosotros, al igual que las hormigas, tampoco las vemos, las luces que creamos para intentar imitar aquello que no podemos alcanzar oscurece nuestra visión de la perfecta obra de ingeniería universal.
Esta filosofía se puede extrapolar a nuestro microcosmos particular. Somos tan estrechos de miras que solo somos capaces de ver las cosas buenas, aquello que brilla con luz propia cuando todo lo demás se apaga. Tenemos una cota de felicidad por encima de la cual las cosas más maravillosas nos empiezan a parecer más mundanas de lo que debieran. En cambio cuando todo en nuestra vida es malo el gesto más insignificante nos catapulta a la bóveda celeste con una facilidad pasmosa.
Pienso en esto como en un mecanismo de autorregulación, cuando estamos realmente bien reservamos esas pequeñas cosas para otro momento en el que las necesitemos más. Porque nada pasa dos veces igual, y puestos a que una chispa encienda nuestro fuego interior es preferible que esa chispa salte cuando realmente estemos a punto de congelarnos, para no perderse en un mar de fuego que la consuma sin pena ni gloria.
Y es aquí donde está la trampa. Porque esas chispas siempre están ahí, son cosas tan pequeñas y nimias que basta con aclararnos la vista para vernos inundados de ellas, como ondas invisibles que circulen a nuestro alrededor. Tenemos el potencial de verlas, solo nos falta la actitud. Y la actitud pasa por deprimirse para apagar nuestro fuego, la actitud se basa en buscar siempre un fuego mayor. Si la vida es un asco, mejor llenar la despensa de leña para el invierno, así cuando haga frío, en vez de ir al bosque a buscar leña, bastará con que vayamos a nuestra despensa a coger un poco de leña.
No podemos esperar a que las cosas pasen delante de nuestra cara sin más. Tenemos que buscar aquello que deseemos. Igual que buscamos un buen trabajo y una buena vivienda, solo que la felicidad es algo mucho más importante y duradero. No hay nada más fácil, más al alcance de la mano. Basta con estirar el brazo e inundar nuestro cuerpo de esa energía positiva.
Cierra los ojos por un momento, relájate, olvidate de todo lo pasado y de todo lo que está por venir. Por un momento no hay nada que no seas tú. Cuando estés centrado intenta ver todas esas luces que titilan en medio de la oscuridad, tócalas, hazlas parte de ti y sobre todo recuérdalas para cuando las necesites. Si de vez en cuando haces este ejercicio la próxima vez que te veas obligado a recurrir a las estrellas porque no haya más luz en la noche sabrás donde buscarlas, sabrás cómo encontrarlas y las tendrás más cerca.
Antes que jugar a adivinar el futuro, juega a pescar estrellas, átalas como si de un globo se tratasen, no intentes poseerlas, solo tenlas ahí, pululando libres por el cielo pero con un camino entre ellas y tú. En las noches oscuras súbete a la cuerda y da un paseo hasta tu estrella preferida. Contempla el cielo nocturno desde arriba. Ver las cosas con perspectiva también ayuda a encontrar soluciones. Sube despacio y con paso seguro, piensa en tus cosas mientras las estrellas se van acercando poco a poco, cuanto más grandes se hagan más te alumbrarán y más calor te llegará desde ellas.
Piensa que si a las malas no consigues subir a las estrellas siempre lo podrás intentar en tus sueños. En los sueños todo es posible, los sueños crean un mundo a parte, solo para ti, en el que todo es posible siempre que quieras y que hagas lo necesario para tenerlo. Allí no tienes ladrillos para construir edificios, simplemente puedes moldear la realidad como si de un papel en blanco se tratase. Pinta lo que quieras y sube a las estrellas las veces que te apetezca. El día que te apetezca andar poco imagínatelas cerca y el día que te apetezca dar un largo paseo píntalas muy lejos.
Las cosas son tan fáciles o tan difíciles, tan maravillosas o tan deprimentes como nosotros en gran medida queramos. La elección siempre es nuestra, elijamos inteligentemente.

El siguiente en la cola

¿Nunca te has sentido como si siempre hubiera alguien delante tuya haciendo las cosas mientras tu esperas en la cola sin llegar a hacer nada? En mi caso es un sentimiento muy común ver como los demás hacen lo que quieren sin que muchas veces les importen los demás o las circunstancias mientras, yo me quedo quieto devanándome los sesos, paralizado por una “moralidad” totalmente innecesaria y absurda.
He escuchado mil veces la frase: “Arrepiéntete de lo que hagas, no de lo que no haces”, incluso yo la he dicho más de una vez. Pero esto no vale para todo. ¿O sí? Todo el mundo acaba haciendo cosas de las que luego dicen arrepentirse mucho, pero que no les han supuesto demasiados conflictos morales a la hora de llevarlas a cabo. Me pregunto si esto es en realidad algo más bueno que malo. Está claro que no podemos hacer las cosas a gusto de todos, está claro que es más fácil traicionar a los demás que a nosotros mismos. Y si el traicionado se enfada con nosotros siempre podemos enfadarnos nosotros con él por no aceptar nuestros errores y no perdonarnos en nuestra infinita humanidad.
Esto de ir pasándose los enfados es algo que a las personas se nos da muy bien. Como se suele decir, la mejor defensa es un buen ataque. ¿No sería magnífico hacer lo que quisiéramos y no solo no tener que dar cuentas a nadie, sino además hacer a los demás responsables de su propio descontento? Con esto en la mano te das cuenta de que el mundo puede ser maravilloso. Lo malo es que cuando coges la lupa y lees la letra pequeña ahí pone algo que nadie se molesta en leer: “cuanto más maravilloso sea tu mundo mediante esta práctica peor será el mundo de otra persona cercana a ti”. Uno de los derechos humanos dice que tenemos derecho a hacer lo que nos apetezca siempre que no entre en conflicto con los derechos humanos de otra persona. No es que sea un mal principio, pero hay que tener claro que el hecho de que podamos hacer algo no quiere decir que siempre debamos hacerlo. Todo tenemos muy claro que si eres mayor de edad puedes beber el alcohol que quieras, pero nadie se compra diez litros de alcohol y se los bebe, porque así lo único que conseguirás es destrozarte el hígado. Supongo que si la gente sigue emborrachándose a menudo sin atender a las consecuencias este tema ya es misión imposible.
Todos tenemos derecho a hacer cosas y a arrepentirnos de aquello que al final consideremos que no hemos hecho bien. Pero esto no es gratuito, es una idea sobre la que ya he divagado otras veces, pero es algo realmente importante. Pedir perdón no hace olvidar las cosas, al igual que arrepentirse. Solo muestra la asunción de una acción propia como incorrecta o indeseable para la propia persona o las que la rodean. Además hay que tener en cuenta que hay cosas que se olvidan con más facilidad que otras. Hay cosas que nunca se olvidan, cosas que incluso te acompañan en tus pesadillas durante el resto de tu vida. De hecho el mayor daño que se le puede hacer a una persona no vendrá acompañado de dolor físico, sino de dolor psicológico.
Me pregunto por qué no deberíamos adelantarnos todos una posición en la lista. Ya está bien de que los primeros actúen a voluntad mientras lo de atrás solo pueden mirar. A lo mejor si los de atrás empiezan a actuar y los primeros a observar se dan cuenta de la perspectiva más cruda de esa actitud. Porque no nos engañemos, las personas no reaccionan hasta que se les toca la fibra, una fibra que solo se puede tocar con acciones, nunca con palabras, porque las palabras se las lleva el viento.
Las palabras no tienen más valor que el que nosotros les queramos dar, y en el mismo momento en el que no nos convenga podemos borrarlas como si estuvieran escritas en la arena de la playa. Nuestras acciones determinan nuestro porvenir, las intenciones solo matizan. Y matizar es tan importante como actuar, pero no tan determinante.

14.12.09

La posesión

No me voy a dedicar en esta entrada a hablar sobre posesiones infernales. Las posesiones de las que voy a hablar aquí tienen lugar entre personas. No todo se puede poseer, el aire, el mar o las nubes no son cosas susceptibles de ser poseídas. Las personas en cambio sí. No porque esté bien poseer personas, sino porque nos encanta sentirnos poseídos. Nos gusta saber que hay alguien ahí que nos guarde entre sus manos cuando el mundo se haga demasiado grande como para poder sentirnos cómodos sin algo grande y cálido a nuestro alrededor. Cuando vamos al campo y el día es soleado disfrutamos paseando y corriendo por los verdes campos, sentándonos a la sombra de un árbol mientras vemos el sol pasar entre sus hojas. Pero si el día se presenta lluvioso los árboles nos parecen amenazadores, no queremos pasear sino guarecernos de la lluvia, en esos momentos queremos algo para poder resguardarnos y esperar a que pase el mal tiempo.
Las personas nos comportamos igual, cuando todo está bien creemos que somos totalmente independientes y capaces de las mayores proezas. Cuando las cosas se tuercen, en cambio, queremos alguien que nos consuele y que nos proteja de los monstruos salidos de las sombras que crean los objetos de nuestra habitación en las noches en las que la luna se cuela por la ventana.
Hasta aquí todo normal, somos valientes a ratos y nos volvemos cobardes si tenemos la certeza de que no vamos a poder con las cosas, esto es a lo que llamamos instinto de conservación.
Pero, y este pero es enorme e injusto, hay gente que busca el consuelo cuando tiene miedo y rechaza haber recibido dichas ayudas. Gente que se resguarda más que nadie en esas manos ajenas y protectoras para después quejarse de la asfixia que esas manos le provocan. Habrá quien diga que esas manos solo buscaban asfixiar, que lo único que las movía era el afán de controlar la vida que entre ellas se mueve. La única pega, y esta pega es enorme y justa, es que las manos no vienen cuando quieren sino cuando se las llama, las manos son tan grandes como nosotros las necesitemos, porque es como en los sueños, los monstruos son tan grandes y tan aterradores como nuestra propia mente quiere que sean. Además las manos nunca asfixian porque no aprietan, solo acarician y sostienen. Y cualquier cosa que se salga de aquí es extensión de nuestra mente. No porque con unas manos grandes no se pueda maltratar, no porque con unas manos grandes no se pueda romper, sino porque esas manos que nos guardan son tan dañinas como la brisa. Es algo tan efímero que para poder servirnos tenemos que poner parte de nosotros en modelarlo, y es cuando lo modelamos el momento en el que lo hacemos basándonos en nuestras necesidades, y puede pasar que después de haberlo modelado y usado ya no nos sea tan útil y empiece a molestarnos, quizás solo entonces pensamos que esas manos no están por nosotros y para nosotros sino contra nosotros.
En ese momento creeremos que la atención desinteresada no era más que una actitud posesiva, veremos los cuidados y los mimos en otro momento concedidos como agobio y maltrato, sentiremos el calor de otra persona no como un sentimiento cálido y reconfortante sino como un calor abrasador que nos quema la piel. Y no es que todos estos sentimientos no puedan llegar a producirse, pero no con las manos que hemos elegido para que nos guarden. Porque una mano que nos ha guardado jamás nos provocará tales sentimientos. Y ninguna mano que provoque esos sentimientos nos habrá guardado nunca.
En esta sociedad se impone una forma de ver las cosas como algo netamente temporal, de usar y tirar. Pero las personas no somos cosas, no es que no podamos elegir con quien estar, es más bien que no podemos pretender ver a una persona como algo que se coge cuando se necesita y se tira después de usar. Las personas deberían estar ahí para los malos y para los buenos momentos. Y si no nos interesa que una persona esté a nuestro lado, por supuesto tendremos que asumir que no estará ahí en ningún momento, y es tremendamente injusto que volvamos a ella solo cuando la necesitemos para volverla a rechazar al estar bien, para volver a renegar de su ayuda. El día que las personas seamos un poco más efímeras sentimentalmente hablando ya no habrá más manos para guardarnos. Aún así probablemente solo nos percatemos de este hecho cuando llueva y ya no haya donde resguardarse. Pero somos así, vemos las cosas malas hasta de los hechos más maravillosos y no somos capaces de ver lo bueno cuando lo malo predomina.

Menú incomible

Os pongo en situación. Vais a un restaurante que os ha recomendado un amigo, es bastante lujoso y de gusto exquisito en cuanto a la decoración. Después de servirnos las bebidas el camarero nos pregunta por la cena. Nos recomienda el menú, pues nos asegura que lleva lo mejor de la casa. Aceptamos y esperamos ansiosos. Pero resulta que cuando nos traen el menú lejos de ser algo exquisito se trata de algo incomible, pero no algo sencillamente asqueroso, más bien sustancias que con solo verlas ya nos provocan el vómito. Llamamos al camarero extrañados y le exponemos nuestra situación, no es ya que la comida este mala, es que simplemente no nos la podemos acercar a la boca, y al oír nuestra exposición el camarero se ofende profundamente. Le ofrecemos a probar la comida pero él tampoco puede siquiera levantar el tenedor del plato sin que una arcada lo interrumpa.
Esta situación se da mucho más a menudo de lo que pensamos, ni siquiera se suele dar en restaurantes, se nos intenta hacer comer algo que ni siquiera el que nos lo ofrece es capaz de digerirlo. Lo que no se puede comer no se podrá comer por mucho que se intente, es más, no somos nosotros los responsables de no poder comernos eso. Cuando las cosas ya no tienen que ver con el gusto personal y se vuelven una razón de imposibilidad tal como intentar comer por la oreja no se nos puede culpar de mostrar verdadero asco, indignación o simplemente rechazo.
En la vida hay cosas buenas y cosas malas, cosas que saben bien y cosas que saben mal. No podemos engañarnos pensando que lo que sabe mal esta exquisito, porque no es verdad. Lo malo está malo y no tiene más interpretación. Antes de que a alguien se le ocurran tantos peros como para que la boca se les llene hasta casi estallar les invito a comer desechos de hospital acompañados de aguas fecales. ¿Os gusta? No debería.
Ya está bien de disimular ese tipo de cosas cuando no somos nosotros los que nos las tenemos que comer. Basta ya de tanto defender la mala comida en vez de a los buenos comensales. No nos tiene por qué gustar todo. No tenemos por qué tragarlo todo con la mejor de nuestras sonrisas. Eso es una hipocresía enorme y un acto de egoísmo brutal por parte de nuestro ilustre camarero. Porque si tan ricas estuvieran todas esas viandas no se nos ofrecerían acompañadas del rechazo del mismísimo camarero.
Llegará un punto en el que dejemos de ir a esos restaurantes, y lo mejor es que ese día ni está muy lejos ni los camareros saben que pasará. Pero el día que pase, que ningún camarero levante la voz o se extrañe, la culpa no es nuestra, la culpa es de su comida incomible, y vuelvo a repetir incomible y no mala. Ya está bien camareros, no todo es tragar sin parar, ¿dónde están los suaves aromas y los sabores intensos que nos transportan a países lejanos? Las cosas dejaran pronto de merecer la pena para todos esos restaurantes. Nada empieza porque sí y nada acaba porque sí.